Hay mujeres que llegan a los 30, 40 o incluso 50 años sintiéndose profundamente distintas al mundo que las rodea, sin saber exactamente por qué. Mujeres que de niñas eran descritas como ‘demasiado sensibles’, ‘muy intensas’, ‘raras’ o simplemente ‘tímidas’. Mujeres que aprendieron a leer a la perfección las reglas sociales no escritas — no porque les saliera natural, sino porque se esforzaron enormemente en aprenderlas. Mujeres que al llegar a casa, después de un día que para los demás era normal, caen agotadas como si hubieran corrido un maratón invisible.
Muchas de ellas son autistas. Y no lo saben.
El autismo en niñas y mujeres ha sido históricamente invisible. Durante décadas, los criterios diagnósticos se construyeron observando casi exclusivamente a niños — y eso dejó fuera a una enorme cantidad de personas cuyo perfil autista simplemente no encajaba en el molde. Hoy, la ciencia está corrigiendo ese error. Pero el camino es largo y miles de niñas y mujeres siguen esperando un diagnóstico que podría cambiar su vida.
Las mujeres autistas no son menos autistas que los hombres. Son menos diagnosticadas. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas.
Una historia construida sin ellas
Cuando Leo Kanner describió el autismo por primera vez en 1943, sus casos de referencia eran principalmente niños. Décadas después, Hans Asperger hizo lo mismo. La investigación que siguió continuó ese patrón: sujetos masculinos, criterios diseñados desde perfiles masculinos, escalas estandarizadas en poblaciones mayoritariamente masculinas.
El resultado fue un retrato del autismo que encajaba bien con cómo se manifiesta en muchos niños — pero que dejaba sistemáticamente fuera a las niñas. No porque ellas no fueran autistas, sino porque su forma de serlo era diferente y nadie había mirado con suficiente atención.
Un estudio reciente publicado en la revista BMJ, basado en el seguimiento de 2.7 millones de personas nacidas en Suecia, refuerza esta hipótesis: la brecha en el diagnóstico entre hombres y mujeres apunta no a una menor incidencia real del autismo en mujeres, sino a un retraso sistemático en su detección. Las mujeres no son menos autistas. Son menos diagnosticadas.
No saber qué te ocurre es como caminar con un mapa equivocado. Avanzas, pero siempre te pierdes.
El enmascaramiento: la habilidad que oculta el autismo
Uno de los conceptos clave para entender el diagnóstico tardío en mujeres es el enmascaramiento — también llamado masking o camuflaje. Se trata de una estrategia adaptativa, muchas veces inconsciente, mediante la cual una persona autista aprende a ocultar o disimular sus características para encajar en el entorno social.
Las personas autistas en general pueden desarrollar enmascaramiento, pero la evidencia científica muestra que es significativamente más frecuente e intenso en mujeres y niñas. Desde muy pequeñas, las niñas autistas observan a sus compañeras, analizan cómo se comportan, qué dicen, qué gestos hacen — y lo replican. No porque sea natural para ellas, sino porque aprenden que es la única forma de no quedar excluidas.
Esta capacidad de imitación social es tan sofisticada que engaña no solo a sus entornos — familia, escuela, médicos — sino a veces a ellas mismas. Con el tiempo, la máscara se vuelve tan integrada que cuesta distinguirla de la persona que está detrás de ella.
¿Cómo se ve el enmascaramiento en la práctica?
- Ensayar mentalmente conversaciones antes de tenerlas, y analizarlas exhaustivamente después.
- Copiar expresiones faciales, gestos y tonos de voz de personas del entorno o de personajes de series y películas.
- Forzar contacto visual aunque resulte incómodo o agotador, porque ‘así se hace’.
- Suprimir el stimming en público — los movimientos repetitivos que regulan el sistema nervioso — y desahogarlo en privado.
- Memorizar reglas sociales como si fueran un guión: qué decir, cuándo reír, cuánto tiempo dura un abrazo.
- Llegar a casa completamente agotada después de interacciones sociales que para los demás son intrascendentes.
El enmascaramiento permite encajar. Pero tiene un precio enorme: agotamiento crónico, pérdida de identidad, ansiedad sostenida y, con frecuencia, depresión. Y sobre todo: retrasa el diagnóstico durante años o décadas enteras.
Por qué el autismo en niñas se ve diferente
Más allá del enmascaramiento, el perfil autista en niñas y mujeres tiene características propias que los criterios diagnósticos tradicionales no capturan bien. Conocerlas es fundamental para identificarlo a tiempo.
Intereses especiales más ‘aceptables’ socialmente
Los intereses intensos y focalizados son una de las características más reconocibles del autismo. En niños, estos intereses suelen ser dinosaurios, trenes, videojuegos, superhéroes — temas que inmediatamente levantan sospechas diagnósticas cuando se manifiestan con mucha intensidad. En niñas, esos mismos intereses profundos suelen estar enfocados en caballos, animales, series, personajes de ficción, celebridades o relaciones sociales.
El resultado es que la intensidad autista del interés pasa desapercibida porque el tema ‘parece normal para una niña’. Nadie levanta una alerta cuando una niña sabe todo sobre los caballos o se aprende de memoria todos los episodios de una serie. Y sin embargo, el nivel de enfoque, la profundidad del conocimiento y la angustia cuando ese interés se interrumpe son exactamente iguales a los de cualquier persona autista.
Habilidades sociales aprendidas que enmascaran dificultades reales
Muchas niñas autistas desarrollan la capacidad de parecer socialmente competentes — de tener amigas, de participar en conversaciones grupales, de cumplir con las expectativas sociales de su edad. Pero hacerlo les cuesta un esfuerzo cognitivo y emocional enorme que sus entornos no ven.
Que una niña ‘tenga amigas’ no descarta el autismo. Que ‘se lleve bien con todos’ no descarta el autismo. Que sea cariñosa, empática y comunicativa no descarta el autismo. Esas habilidades pueden ser completamente reales y coexistir con un perfil autista — simplemente requieren mucho más esfuerzo del que aparentan.
Mayor sensibilidad al rechazo y la presión social
Las niñas autistas suelen ser más conscientes del rechazo social y más motivadas a evitarlo. Esto las impulsa a enmascarar con más intensidad y a desarrollar estrategias de camuflaje más elaboradas. También las hace especialmente vulnerables al acoso escolar en sus formas más sutiles: la exclusión silenciosa, el trato condescendiente, el ser la última en ser elegida.
Señales de alerta en niñas: a qué prestar atención
El diagnóstico en niñas requiere ampliar la mirada más allá del estereotipo. Estas son algunas señales que, en conjunto y en contexto, pueden apuntar a un perfil autista en niñas — señales que con frecuencia se interpretan como timidez, sensibilidad extrema, perfeccionismo o ansiedad:
◆ Agotamiento extremo después de situaciones sociales
La niña puede parecer bien durante la jornada escolar y llegar a casa completamente desbordada, con llanto, irritabilidad o necesidad de aislarse. Ese agotamiento es real y tiene nombre: fatiga autista o ‘autistic burnout’.
◆ Un interés muy intenso y dominante
Puede hablar horas del mismo tema, saber más de ese tema que cualquier adulto en su entorno, y sentir angustia genuina cuando algo interrumpe ese interés.
◆ Dificultades sensoriales poco visibles
Puede negarse a usar ciertos tipos de ropa, evitar determinados alimentos por texturas, taparse los oídos ante ruidos que los demás toleran bien, o necesitar ciertos rituales para poder dormir.
◆ Relaciones sociales intensas o muy selectivas
Puede tener una amistad muy intensa con una sola persona y tener dificultades con los grupos grandes. Puede imitar mucho a esa amiga como forma de aprender cómo relacionarse.
◆ Rigidez ante los cambios
Necesita saber con anticipación qué va a pasar, se angustia ante lo inesperado y puede tener rituales muy definidos para las transiciones del día.
◆ Dificultad para reconocer o expresar sus propias emociones
Puede parecernos que no siente, cuando en realidad siente muchísimo pero tiene dificultades para identificar, nombrar o comunicar esas emociones — lo que se conoce como alexitimia.
El costo del diagnóstico tardío
Cuando el autismo en una niña no se detecta a tiempo, ella aprende a explicar lo que le pasa de otra manera. Aprende que es ‘demasiado sensible’, que ‘exagera’, que ‘le cuesta más que a los demás’. Aprende que hay algo mal en ella — sin saber qué es ni tener herramientas para manejarlo.
Con los años, ese esfuerzo sostenido de enmascaramiento y adaptación constante genera un costo altísimo en salud mental. La investigación es clara en este punto: las mujeres autistas sin diagnóstico tienen tasas significativamente más altas de ansiedad, depresión, trastornos alimenticios y agotamiento crónico. Muchas reciben diagnósticos de trastorno límite de la personalidad, trastorno bipolar o depresión mayor — sin que nadie identifique el autismo de base que subyace a todo.
Y entonces llega, a los 25, a los 35, a los 45 años, el diagnóstico. Y con él, algo inesperado: alivio. El mismo alivio extraño que describimos en nuestro artículo sobre el duelo del diagnóstico. Porque finalmente hay un nombre para lo que siempre se supo diferente. Porque el mapa, por fin, tiene sentido.
Muchas mujeres adultas lloran cuando reciben su diagnóstico de autismo. No de tristeza — de reconocimiento. De haber encontrado, décadas después, las palabras para lo que siempre supieron que eran.
¿Qué puede hacer una familia hoy?
Si estás leyendo esto y algo resuena contigo — ya sea porque piensas en tu hija, en ti misma o en alguien cercana — aquí van algunas orientaciones prácticas:
- Amplía tu imagen mental del autismo. El estereotipo del niño que no habla, que no mira y que se balancea solo describe a una pequeña parte de la comunidad autista. El autismo en niñas y mujeres puede verse completamente diferente.
- Confía en tu intuición. Si algo te dice que tu hija está haciendo un esfuerzo enorme por encajar que los demás no ven, esa percepción merece ser explorada. No importa que ‘en la escuela no vean nada’.
- Busca una evaluación con profesionales especializados en el perfil femenino del autismo. No todos los especialistas tienen la misma formación en este tema. Busca a alguien que conozca el enmascaramiento y que no descarte el autismo solo porque la niña ‘tiene amigas’ o ‘se comunica bien’.
- No esperes a que ‘empeore’. El diagnóstico temprano no significa que el autismo sea más grave — significa que la persona tendrá acceso a los apoyos adecuados antes de que el agotamiento del enmascaramiento se acumule durante décadas.
- Habla con otras familias. En grupos de apoyo y comunidades de familias autistas encontrarás personas que han recorrido este camino y que pueden orientarte desde la experiencia real.
Una deuda que la ciencia empieza a saldar
El conocimiento sobre el autismo en mujeres y niñas está avanzando rápido. La comunidad científica, impulsada en parte por mujeres autistas que alzaron la voz sobre su propia experiencia, está revisando criterios, desarrollando herramientas más sensibles al género y formando a profesionales para identificar perfiles que antes quedaban sistemáticamente invisibles.
Pero la ciencia sola no es suficiente. También necesitamos familias informadas, docentes que ampliaron su mirada, pediatras que no descarten el autismo porque ‘la niña es muy sociable’, y una sociedad que entiende que no hay un solo rostro del autismo — y que muchos de esos rostros son femeninos y llevan demasiado tiempo esperando ser vistos.
En Luma en el Espectro acompañamos a familias y personas autistas en todas las etapas del proceso, incluyendo la orientación diagnóstica para niñas y mujeres. Si tienes preguntas o crees que alguien cercana podría beneficiarse de una evaluación, escríbenos.
Cada niña autista que recibe un diagnóstico a tiempo es una vida que no tendrá que gastar décadas entendiéndose sola. Eso vale todo el esfuerzo.
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